Cualquiera que tenga ojos y/o orejas se habrá dado cuenta de que la navidad está a la vuelta de la esquina.Y cualquiera que tenga internet y guste de pasearse entre los diversos blogs adalides del bonitismo y de la ejemplaridad maternal se habrá dado cuenta de que o se hace un calendario de adviento hand-made o ya se puede ir dando de baja del club de las madres.

Yo, el año pasado me flipé pero que mucho con este tema y me curré un calendario a base de bolsitas de papel kraft ( material trendy-mother por excelencia) con un dibujito que me había descargado de una web sueca y que rellené cada día con un juguete distinto. Claro, mis hijos lo súper fliparon, pero el Samurai argumentó que eso ni era económico, ni era didáctico, ni era ecológico ni nada de nada, a ver, cada día un juguete, supone cada día un trasto más que acumular y un pasito más allá en el fomento de la desidia infantil; si ya lo tiene todo, ¿ qué se va a pedir para reyes?

Así que este año, no tenía pensado hacer ningún tipo de calendario y, como mucho, comprarles uno en el lidl con ventanitas; pero esta mañana El Mayor me ha enseñado el dibujo que había hecho con el tema: " lo que más ilusión me hace por navidad" y ahí estaba el calendario de marras. ¿ Que tipo de víbora cruel e infame dejaría a su hijo sin la cosa que más ilusión le hace por navidad? Yo, que estoy en tercer curso de víbora cruel e infame nivel voy a mantener la premisa de no hacer regalos cada día pero si vamos a hacer un calendario hand-made, o mejor dicho office-made que lo he hecho esta mañana en el trabajo. Consiste en 25 pegatinas que tienen que pegar en una hoja, una por cada día, hasta que llegue la navidad. En un alarde de creatividad las irán pegando en una plantilla que al final simulará la forma de un abeto. Por si hay alguna que no aprobó el año pasado el curso de víbora cruel e infame y también quiere hacerse uno, paso a relatar cómo lo he hecho yo:


  1.- Descargar un imprimible de la fuente suprema de sabiduría: los blogs de las amas de casa americanas. Yo he descargado este

  2.- Imprimirlo en el curro. Afortunadamente aún tenía unas hojas de papel adhesivo, pero se puede hacer con post-it que queda mas tipo oficina.


 
 
 
 
3.- Conseguir una hoja de Din A3 para hacer la plantilla en la que luego mis hijos irán pegando los cuadrditos recortados. Las hojas de A3 e consiguen fácilmente en el cajón de abajo de la fotocopiadora. De nada.
Pido perdon públicamente por esta foto tan mala
 
 
4.- Hacer la plantilla con algo de ojo para que al final formen un árbol de navidad. Me ha costado un rato porque no se dividir ni con calculadora. La he contorneado con un rotulador permanente, a mano alzada que queda mas krafty
 
Rajoy, jódete, que empleo mis horas como empleada pública en esto



Y listo. Esta tarde en casa que vayan ellos poniendo los números en los cuadraditos y ya tenemos tarde entretenida.
 







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A estas alturas ya habréis votado lo votable las que estáis al corriente de los premios porque formáis parte de la Madresfera, pero para todos aquellos que no formen parte, explicaré que son unos premios que organiza esta página web especializada en temas materno-blogeros.


  Todos los que no habíais oido nunca hablar de Madresfera, los que tengan otra IP o los que no hayan decidido todavía a quien votan, aquí os dejo el enlace para que busquéis el número 15 y le deis vuestro voto a La Madre Ninja. Millones de gracias!!

http://www.madresfera.com/blog/nominados-para-los-premios-madresfericos-categorias-para-bloggers/


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Cuando los enemigos del guerrero Ninja aprovechan la noche para atacar este debe permanecer alerta. La noche es su elemento, pero no debe confiarse.

 

Jueves, 21:30 de la noche. Me voy a la cama porque estoy muerta. El Samurai decide quedarse a ver el partido con la satisfacción del deber cumplido; no todos los días corta uno con éxito 40 uñas minúsculas de manos y pies. Cuando termina el partido los demás estamos ya en el quinto sueño y el, como noble Samurai que es, hace la ronda a ver cómo están los vástagos antes de acostarse: El Mayor duerme plácidamente apoyando su cabecita en su almohada de Buzz Ligthyear. El Rubio duerme plácidamente con su cabecita sobre un charco de vómitos. “Leches (no es exactamente la palabra que usaría el Samurai, pero vamos a darnos una licencia poética), este niño ha vomitado y ni se despierta. Bueno, le cambio la almohada y apañao, será que ha comido mucho”. Tiene razón el Samurai en este razonamiento ya que esa tarde/noche la lista de alimentos ingeridos por El Rubio venía a ser la siguiente: dos mandarinas, un petit-suisse de apretar, un zumo, tres galletas, un plátano, una tortilla de tres huevos y un yogur. Claro, con dos años y medio y el estómago del tamaño de una naranja hay un momento en que lo que no cabe por algún lado sale. Así que le cambia la almohada, le pasa una toallita por la cara para no despertarle y le deja dormir; ya mañana le ducha si es necesario.

 
Un par de horas después yo seguía en coma, pero el Samurai, siempre alerta, se despierta después de escuchar una arcada. Ahí ya si que el Rubio está despierto, sentado en la cama y con la sudadera del pijama a tropezones; no hay mas remedio que ducharle, por supuesto, en contra de su voluntad. Los berridos consiguen sacarme de mi letargo y voy al cuarto del Rubio que parece el de la niña del exorcista. No preguntéis cómo ni por qué, pero hay vómito hasta en el cristal de la ventana. Hago un intento de cambiar las sábanas, pero yo es que, de toda la vida, a las tres de la mañana no rijo muy bien, ya sea en mi casa o en otros sitios más concurridos, de manera que decidimos acostarlo con nosotros en la cama, asumiendo el riesgo mortal. Como no tiene fiebre y dice que no le duele la tripa y que quiere dormir (y además es el segundo y ya pasamos un poco de excursiones psicópatas a urgencias en mitad de la noche porque el niño ha cagado blando) le acostamos entre nosotros. Media hora después me despierta el sonido de una arcada como el click de una mina que se acaba de activar. En décimas de segundo, agarro al niño y lo saco fuera de la cama con un movimiento rápido gracias al cual el va ejecutando una parábola de vómito que culmina felizmente sobre mis zapatillas de andar por casa situadas a los pies de la cama. Soy el puto Bruce Willis de las madres. Un cambio de sábanas y edredón y una pasada de fregona por toda la habitación y consigo poner la cabeza en la almohada justo cuando suena el despertador, las 5:30, buenos días.

 
Me voy a trabajar como un zombie y las criaturas se quedan con mi madre. Como estoy preocupada pido cita con el médico por Internet y la voy llamando a ver cómo está el enfermo: “¿Ha comido algo? “ ¿Te refieres a si ha comido algo aparte de dos platos de macarrones con tomate, un yogur y un plátano? No, nada”.  Anulo la cita.

Algunos días después del incidente, cuando ya casi tenía el stock de lavadoras superado, me encontraba yo durmiendo plácidamente cuando noto a mi lado una pequeña presencia: “mamá, he gomitado”. Leches (ahora soy yo) que susto, por eso ponen siempre niños en las pelis de terror. Activo el protocolo de nuevo: ducha, cambio de pijama, fallido intento de cambio de sábanas e incorporación de niño-bomba a nuestra cama. Esta vez soy más lista, le acuesto cerca del borde y aparto las zapatillas que tanto me costó lavar, pero de todas formas le advierto: “Hijo, si quieres vomitar me avisas” y como es el Mayor no hay vómitos espectaculares contra el armario, pero si que me levanto cuatro veces con él al baño a vomitar, la última, justo cinco minutos antes de que suene el despertador, las 5:30, buenos días.

 
Esta vez se quedan en casa con la otra abuela. Pido de nuevo cita por Internet con el pediatra y la llamo” ¿Ha comido algo?” “Bueno, ha comido poco, un plato de sopa y un paquete de salchichas. Ahora dice que quiere helado, ¿se lo doy?” Anulo la cita.

 
Así que gracias a los virus más rápidos de la historia ahora me encuentro con una montaña de lavadoras y una gastroineteritis que me está durando ya cuatro días; porque yo tengo otro sistema inmunológico debe ser, aunque barajo la posibilidad de que la falta de sueño y la obligación de ir a currar que tenemos ahora los funcionarios aunque nos estemos muriendo (te quitan el 50% del sueldo del día si estás tres días de baja) están haciendo mella en mi salud.

 
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Ayer me encontraba yo en mi casa haciendo mi huelga (una huelga que se parece bastante a esta y que, como ella ya lo explica guay no lo voy a repetir yo) y, como le tengo vicio a hacer cosas aunque esté en medio del paro reivindicativo, me puse a pasar la escoba y oye, que la Madre Tigre tiene toda la razón, que se piensa fenomenal pasando la escoba. Bien es verdad que yo no llego a pensamientos del calibre de los suyos (tengo que barrer un poquito mas, tendría la casa más limpia y postearía todos los días) pero se me ocurrió esta idea:

 

¿Qué necesita un conductor de autobuses para conseguir un trabajo como conductor de autobuses? Básicamente, una licencia para conducir autobuses que se obtiene después de un curso y un examen. Sin una licencia no veo yo el modo de conseguir trabajo como conductor, porque la empresa de autobuses y en última instancia los viajeros tiene el deber de exigirle la licencia ya que esa persona es responsable de las vidas de todos los que van montados en el autobús. Yo no me montaría en uno si el conductor me dijera: “mire señora, es verdad que no tengo la licencia, pero tengo muy buenas intenciones y sabré llevar este autobús a su destino mucho más rápido y más eficazmente que el conductor que había antes” “¿pero usted ha conducido alguna vez un autobús?” “no, he conducido coches, camionetas y bicicletas, pero créame que se exactamente cómo hay que hacerlo, no se preocupe, confíe en mi y suba al autobús”

 

¿Que necesita un presidente del gobierno para llegar a ser presidente del gobierno? Necesita ganar unas elecciones. No necesita una formación específica, no tiene que acreditar ser un gran gestor, por no tener, no tiene ni que hablar inglés. Lo único que le hará conseguir el trabajo es ganar las elecciones, esa es su especialidad, para eso se prepara durante años, en eso se basan los partidos políticos. Los ciudadanos tenemos que elegir al candidato por confianza, por un impulso, no porque nos enseñen su credencial como conductor de autobús, no la tiene, nunca ha conducido un autobús.

 

¿Que hará el conductor de autobuses para mantener su trabajo? Conducirá con prudencia para evitar un accidente, intentará ser amable (no todos lo consiguen), cumplirá su horario y su ruta. ¿Qué hará el presidente del gobierno para mantener su trabajo? Ganar las siguientes elecciones, es la única opción. Gestionar bien unos presupuestos y hacer políticas eficaces no es su trabajo, su trabajo es ganar las elecciones.

 

Y nosotros, sentados en el autobús que cada vez está más lleno de gente cabreada. Hay algunos, los de la primera fila, que están muy bien, van en Business, no tienen queja. Pero en el autobús hay un murmullo que está alcanzando ya niveles de gritos en algunas partes, los de la fila de la derecha han empezado a hablar con los de la de la izquierda y resulta que a todos les cabrean las mismas cosas. En la parte trasera hay mucha gente que viaja de pie porque se ha quedado sin asiento. Y el conductor, lejos de apaciguar al los pasajeros, ha decidido poner un CD de Camela a toda tralla. Y cuando cambie el conductor la cosa no mejorará, bajarnos todos y seguir a pie tampoco es la solución; no se en qué modo, pero deberíamos plantearnos qué tipo de personas están llevando el autobús y si deberíamos exigirles de una santa vez el permiso de conducir.
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También el guerrero Ninja se equivoca de camino y se pierde, pero no se da la vuelta, sigue, en algún momento volverá a encontrar el camino adecuado.

 

Yo no es que no tenga sentido de la orientación, que no lo tengo, es que no se ni distinguir entre la derecha y la izquierda. La naturaleza he ha echado un cablecillo y tengo un lunar en la muñeca izquierda que me indica que esa es la izquierda cuando no llevo reloj. Gracias a eso soy capaz de indicar dónde está la izquierda en la mayoría de las ocasiones. Algunas veces no.

 

Porque la naturaleza puede ser sabia o traicionera y otorgar apariencias que no se corresponden en absoluto con la realidad, como las planas carnívoras, que a las moscas les deben parecer muy apetitosas y totalmente inofensivas,  pero cuando están dentro de ellas, resulta que es todo lo contrario. A mi, la naturaleza me ha puesto cara de persona que sabe exactamente dónde está y cómo llegar a cualquier sitio y que además es capaz de explicárselo claramente a cualquiera que le pregunte. Me ha puesto cara de GPS. Pero soy como una planta carnívora; el incauto se acerca a preguntarme a mi, a quien ha elegido de entre una multitud porque tengo aspecto de que si se dónde está eso que el necesita encontrar; pero cae en la trampa mortal, porque yo, creo tener una idea aproximada de dónde está eso que busca (que luego no es así) y le indico usando mis conceptos de derecha e izquierda, donde lo más parecido a la realidad es pura coincidencia.

 

Eso fue lo que me pasó el jueves. La mosca era un señor, chileno para mas señas, vestido con un mono de mecánico que venía en el mismo vagón del cercanías que yo, y que se bajó en mi parada junto con otra mucha gente, pero el me eligió a mi. De entre todas las plantas eligió a la carnívora. Necesitaba llegar a un taller mecánico, que está a escasos 200 metros de la estación, porque era su primer día de trabajo, como me comentó con la alegría lógica del que encuentra un trabajo en estos tiempos. El taller no tiene pérdida, le dije yo, todo recto a la derecha, unos doscientos metros. A MI derecha, que para el resto de los humanos es la izquierda. Zas. Se cierra la trampa y la pobre mosca muere.

 

El señor se va tan contento, yo me voy a mi casa, pongo una lavadora, recojo el salón y media hora después, cuando salgo con el coche en dirección al cole veo al pobre señor chileno con su mono de mecánico y con una cara mucho menos alegre de la de hace media hora, preguntando a alguien que dónde está el taller mecánico (maldita sea la concha de tu madre).

 

Querido señor mecánico chileno: Espero que llegara a tiempo. Desde aquí le pido disculpas y prometo solemnemente que nunca más volveré a indicarle a nadie una dirección. Prometo también, como acto de contrición, que si alguna vez visito Santiago de Chile no me voy a hacer la típica foto que se hacen todos los españoles delante de este edificio:    

Es la lotería de Chile. Son así de chulos

 

 

 

Pd: Gracias a mi a miga Claudia, que venía de la universidad de Valparaiso pero que era de Atacama y a las risas que no pasamos en la residencia de estudiantes de Berlín, fui capaz de distinguir el acento de este señor a la primera.     
 
Ppd: La mayor parte de las veces que he llegado a un sitio sin perderme ha sido porque tengo una amiga muy querida que si es un GPS humano, que no nombro porque no le mola pero que sabe perfectamente que hablo de ella ( de ti, si, de ti)
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El guerrero Ninja es solitario, pero debe aprender a integrarse en la sociedad, para pasar desapercibido.

 

A mi no, a mi me va el mambo, que le voy a hacer. Es culpa del maldito Internet y de las miles de fotos preciosísimas de fiestas preciosísimas con mesas preciosísimas cuajadas de chuches preciosísimas. Y claro, llega el Halloween, que no he celebrado en mi puñetera vida, pero desde hace tres meses me van bombardeando con manualidades, disfraces y decoraciones de Halloween y yo caigo como una pardilla. Y venga, fiesta de Halloween, en mi casa, claro, que la de la idea he sido yo. Y nada, coloco las decoraciones que he impreso y recortado yo misma, arreglo una mesa con sus chuches en botecitos de cristal y sus cartelitos, me disfrazo y engaño a mis amigas para que traigan a los niños por el barrio a hacer lo del truco o trato (habría que hablar de esta traducción, perpetrada seguramente por los traductores de alguna peli del los ochenta). Y mis amigas, que practican mi misma religión, la que nos obliga al consumo mínimo de una copa por semana, se vienen para casa con niños y maridos y se lía. Pero claro, después de convencer a cuatro viejos de que salgan a dar caramelos a los niños (caramelos que llevaba YO, y que les cedía a ellos para que los repartieran llevándose toda la gloria) y de que uno de ellos nos amenazara directamente enseñando el puño por la ventana, lo mínimo era tomarse un gintonic o dos. Balance de la noche del miércoles: cuatro cervezas, dos gintonics ,un millón de chuches y un espidifén.

 

El jueves, aprovechamos el día festivo para quedar con la familia, que es una cosa que está muy bien y que es muy bonita. Mi familia materna, con mi abuela al frente, son manchegos y practican muy activamente la religión de las copas, con una mención especial a mi tío Alejandro, que ha entregado de manera altruista su tiempo y su dedicación a la noble causa del Larios con tónica. Y para no beber con el estómago vacío, especialidades de la tierra; ajopringue, gazpachos manchegos y atascaburras (es un plato típico de Riopar que nadie se debería morir sin decir que lo ha comido), con lo que a la comida del jueves fui yo sola y volvimos mi culo con un par de kilos de más y yo.

 

 Pero como al día festivo le quedaban horas y hay que aprovechar el tiempo o no eres Ninja ni eres nada, a las seis nos fuimos a un cumple a casa de unos amigos. Llegamos tarde, con un gintonic por montera, y a mi el atascaburras empezaba a rebelárseme en el estómago; así que nada como matarlo a vinos. Cuando me quise dar cuenta, en el cumple solo estábamos ya los irreductibles del parque, los que estamos entrenados para las peores situaciones, los que pillamos siempre el banco de sombra, los que somos capaces de localizar en segundos a cualquiera de nuestros niños, los que siempre nos vamos los últimos de los cumpleaños. Y acabamos donde se acaban todas las fiestas, en la cocina exprimiendo algunos la botella de bulldog y otros una bolsa de ganchitos por dentro de una camiseta que alguien llevaba puesta. Balance del jueves: Cerveza, vino (no puedo precisar cuanto) dos platos de gazpachos manchegos, atascaburras, tres gintonics, varias medias noches de jamón, vino, otro gin tonic, un alka-setzer y un espidifén.

 

El viernes nos cogimos el día en el trabajo para hacer obra en casa y acordamos con un amigo la instalación de una puerta con su perfil de pladur incluido a cambio de dos kilos de carne de buey y dos botellas de vino. Y como no se puede trabajar con el estómago vacío, primero nos comimos las carne, nos bebimos el vino, nos tomamos otro gin tonic y luego los hombres se escaquearon con la excusa de poner la puerta dejándome a mí, digamos que no en uno de mis mejores momentos, con cuatro niños de entre dos y cinco años, dos míos y dos de nuestro amigo. Y las criaturas, que son muy listas, me convencieron para pintar un mural en papel continuo con témperas que empezó como un proyecto de pinturas rupestres y acabó como el rosario de la aurora. Para vuestra información os diré que la témpera se va relativamente bien de la cara con toallitas, que para sacarla del pelo y las cejas hay que recurrir al agua y al jabón, que de la ropa hay que lavarla con agua caliente y que del parquet no sale. Del resto de la tarde tengo lagunas; se que conseguí que cenaran puré de verduras los cuatro, creo que se sentían culpables por la que me montaron con las témperas, y luego les puse una peli en el sofá y me dormí con el cuello en posición inverosímil. Cuando me despertaron los aguerridos obreros eran más de las diez de la noche, los niños estaban dando botes en el sofá a mi alrededor y yo tenía el cuello como de escayola. Balance del viernes: Cerveza, dos kilos de carne, vino, un gin tonic, un alka-seltzer, un espidifén y un myolastán.

 

El sábado planeábamos un día tranquilo, pero por supuesto la cosa se fue al garete. Decidimos ir al cine con toda la tropa, pero, seamos sinceros, si vas a ver Hotel Transilvania y vas a pagar 8,70 euracos por barba lo mejor es que vaya el número indispensable de gente, esto es, cinco niños y dos adultos. Lo que ocurre es que el plan no era muy original para ser sábado y estar lloviendo y por supuesto, cuando llegamos al cine no había entradas, así que nos fuimos directos al segundo lugar mas lleno de niños de la zona, el macdonalls, en el que no solo había un millón de niños chillando y sudando de manera que al entrar en el recinto recibía uno un puñetazo en el oído y una patada en el olfato; también tuvimos la suerte de que el ese momento se estaba celebrando allí un bautizo gitano-rumano, con sus señoras apretadas, sus dientes dorados y sus niños cargados de oros y floripondios. Con semejante panorama hice lo que hubiera hecho cualquier mujer de bien: tomarme dos cervezas. Cuando llegamos al límite de nuestras fuerzas y de nuestra cordura nos volvimos para casa con toda la prole propia y ajena. Los padres de los niños a los que tuvimos a bien descargar un poco de energía en el macdonalls nos lo agradecieron trayendo a casa un carrito del Aldi de enfrente lleno a rebosar para hacernos la cena. No faltaba más que invitar a los rumanos del bautizo. Balance del sábado: Cerveza, vino, aceitunas, patatas, solomillo con salsa roquefort, ensalada, dalkys de chocolate y nata, chuches sobrantes del Halloween, dos gintonics, un alka-seltzer, un espidifén y un lexatín de 1,5.

 

Todo esto en cuatro días de puente. Ayer llegué al curro y besé el suelo como el Papa; a las tres no me sacaban de aquí ni tirando de mi los de seguridad. Hasta hace un rato estaba tranquila y feliz en mi despachito, con mi ordenador, mi cafelito, mi silencio; y me llama una compañera y me pregunta “¿ya tienes claras las fechas para las vacaciones de Navidad?”  Me ha invadido el terror.
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