Bueno, pues ya estamos. Por fin llegó octubre y con él las rutinas normales. Como por lo visto en el mes de septiembre hace mucho calor, los niños salen del colegio a la una, (o a las tres si se quedan al comedor) que es una hora que, como todo el mundo sabe, no solo es muchísimo más fresca que las cuatro de la tarde sino que además a las madres que trabajamos nos viene de lujo para ir corriendo a todas partes y con el corazón en la boca como única cosa que podemos comer al medio día. Esta es la maravillosa forma que nuestras consejerías de educación han encontrado para que hagamos ejercicio y perdamos los kilos de más del verano, no seré yo la que ponga pegas.

Además, gracias a este mes de entrenamientos intensivos me veo en forma y dispuesta para coordinar las agendas extraescolares de mis tres vástagos. En realidad de los vástagos con picha, la otra pobre bastante tiene con tomarse la papilla de fruta para merendar con la poca gracia que le hace.

Pienso que las extraescolares deben ser actividades que elijan los propios niños, ya que deben también ir decidiendo cuáles son sus aficiones, así que a la pregunta - ¿a qué os queréis apuntar este año? La respuesta lógica fue – FUTBOL.  Y lo que hubiera fardado yo con un niño apuntado al taller de inteligencia emocional y otro a clases de teatro en inglés. Vale, pues futbol.

Lo que pasó fue que, tras la decisión estaba intranquila. Lo del futbol, como deporte está bien, pero, ¿no debería yo, como responsable de la educación de mis hijos, ocuparme de que tengan una formación más amplia? ¿No estaré siendo negligente y malamadre? ¿Y si luego en un futuro me echan en cara que ellos son los únicos de sus amigos que no tocan el sitar o hablan chino? Así que me meto en internet y localizo a una profesora que da clases particulares de piano. En casa hay un piano que nadie sabe tocar y que hemos heredado, que está en el salón porque no cabe en otro sitio y que ya iba siendo hora de valga para algo más que para colocar la flamenca y el pañito de mi abuela.

A las 17:30 tenía prevista su llegada la profesora. Insistí a los niños para que se lavaran las manos y se asearan mínimamente. En el preciso instante en el que suena el timbre de la puerta, observo por el rabillo del ojo como, por primera y única vez en su vida, el Rubio me hacía caso a la primera y, para asearse, se pulverizaba con el desodorante de su padre, axilas, pecho y parte de la cara. Haciendo uso de mi auto-control ninja transformo en - ¡un momentito! el grito de – mecagoentodostusmuertosdesgraciao- que luchaba por salir de mi garganta. Con una sola mano (con la otra sostengo permanentemente a la Gordi) le quito la camiseta y consigo que se ponga otra; medida que no elimina el olor a “ Axe Marine” sorprendentemente inusual en un niño de cuatro años.

Decido no mencionar el tema del desodorante y la profesora, que sin duda se estaba dando cuenta, tampoco lo menciona, con lo que empiezan la clase. Yo me retiro a mis labores en la cocina, ya que necesito un mínimo de una hora para preparar la cena porque sólo dispongo de una mano. Desde la cocina escucho cómo avanza la lección de piano:

Profesora: Vamos a aprender la escala musical. Do, Re, Mi ¿cuál sigue?

Rubio: Caca

Mayor: Jajajajaj

Profesora: No cariño, a ver, tú que eres más mayor

Mayor: Caca

Profesora: No, venga a ver, tú, mira, esta es Fa  ¿puedes tocarla? No, con el pie no, con la mano

Rubio: Caca

Mayor: Esto es un royo, ¿no sabes tocar la guitarra eléctrica?

 

Y así la que probablemente fuera la hora más larga en la vida de esa mujer. Su cara lo dijo todo cuando me comentó que, probablemente aún no fueran lo suficientemente maduros para dar clases de música y que lo mejor era esperar otro año.

 

De esto he aprendido que no hay que forzar a los niños y que su tiempo libre fuera del cole es para hacer lo que les gusta, ah, y que el desodorante mejor en el estante de arriba.

 
A las cinco de la mañana suena el despertador. Si, duele tanto como uno se pueda imaginar. Me levanto como un zombie, me meto en la ducha, me seco, me visto, me planteo si debería peinarme, decido que sin antes tomarme un café no tendría sentido, me planteo si debería maquillarme, alguien dentro de mi cabeza se parte de risa. Usando el móvil como linterna llego a la cocina y me meto la primera dosis de cafeína.

Es el primer día de trabajo después de casi seis meses de baja por maternidad y dos previos de baja por riesgo departo prematuro. Samurai deja a los niños en el colegio,a la gordi en la guardería y a mí se me cae el alma a los pies de dejarla tan pequeña. Pero en este país las bajas de maternidad son lo que son (o lo que les hemos dejado que sean) y tengo que volver a trabajar. ¿Tengo que volver a trabajar? Lo he pensado mucho, conozco a algunas madres que después del tercer hijo se han quedado en casa, porque echando cuentas, sale casi más rentable que pagar horarios ampliados, guarderías y comedores; pero al fin y al cabo yo tengo un horario muy bueno y puedo estar con ellos desde las cuatro de la tarde, así que, aunque a las cinco de la mañana el pensamiento de dejar el trabajo es muy tentador, me voy a coger el cercanías.

Las siete de la mañana. Llego al trabajo. Me quedo parada en medio del museo, no puedo evitar mirar hacia arriba, nadie puede, el edificio es espectacular. Pero hay algo que me llama la atención mucho más que la cubierta de vidriera de 1925, algo que hacía mucho tiempo que no escuchaba: nada. Silencio absoluto. Nadie chilla, nadie llora, no hay carreras, nadie golpea nada con un palo, nadie ha metido un transformer en la lavadora. Me quedo unos minutos disfrutando y me voy a mi despacho. No me acordaba ya de lo que es tener un sitio propio, donde la gente llama antes si quiere entrar. Tengo un despachito con mi mesa, mi ordenador, mi cafetera (esta sí que es mía de verdad, lo otro es del estado, pero me hago la ilusión de que es mío), y en mi despachito trabajo tranquila hasta que se acerca a saludarme mi jefa. Todo es amabilidad y tonos de voz razonables, y, para mi sorpresa, no intenta que la coja en brazos ni me vomita el desayuno en el hombro.

A las diez vienen a buscarme dos compañeros para ir a tomar un café. Tenemos una agradable charla de adultos sobre política y temas de actualidad y me quedo muy asombrada al comprobar que a uno de ellos le han puesto una tostada bastante más grande que la del otro y aun así no llora ni me pide que la reparta equitativamente. Además, en ningún momento llegan a pegarse por ver quién salta primero desde el taburete del bar ni me veo obligada a limpiarles la cara con una toallita.

A las tres cojo el tren de vuelta a casa, y me permito el lujo de leer un libro durante casi cuarenta minutos seguidos.  Y entonces me planteo otra vez  ¿tengo que trabajar? Si, necesito trabajar. No solo por el sueldo, que es verdad que no es muy alto y que la mitad se me va en comedor, transporte y guardería; también por eso de cotizar todos los meses, una cosa que en un futuro (muy muy lejano) me permitirá tener una pensión medio decente con la que irme al bingo a Benidorm si me da la gana. Y por mi salud mental, por salir de casa siete horas y media cada día a estar entre adultos y a tener un espacio propio. Soy consciente de la inmensa suerte que tengo, me gusta mi trabajo, y no se puede tener mejor jefa, no todo el mundo tiene esa suerte, otras madres se quedarán en casa y harán muy bien. Hay días malos, como todo, pero, por mucho que me cueste madrugar y mucho que me duela dejar a la pequeña en la guardería, esta es mi decisión. Tengo que trabajar, porque lo necesito, en todos los aspectos.

A las personas humanas nos gusta clasificar las cosas. Esta habilidad ha dado muchas alegrías en el campo científico y algún que otro quebradero de cabeza en el ámbito social. Porque claro, cuando una persona humana ve un bicho desconocido, lo estudia, lo compara y si hay suerte lo mismo hasta describe una nueva especie y todo; pero si una persona humana ve a otra persona humana a priori debería poder clasificarla así a simple vista, sin estudios taxonómicos ni nada.

El problema es que, en el caso de los bebés, esta clasificación se encuentra con un escollo al parecer insalvable y altamente desasosegante. Un bebé es pequeño, regordete y (más o menos) pelón, y, si va vestido, no hay forma de saber, a simple vista, a qué género pertenece. Y lo de no saber así a simple vista si es niño o niña hay gente que lo lleva fatal; por eso, en ciertas culturas, hemos acordado poner pendientes a las niñas y nada a los niños. Y con esto ya la gente vive en paz.

Pero luego resulta que hay algunas madres que decidimos no poner pendientes a nuestras hijas recién nacidas y vamos por ahí sembrando el caos y la confusión. Porque aunque haya otros métodos de diferenciación genérica a la gente lo que le vale es lo de los pendientes. Da igual que lleves a la niña vestida de rosa, con un chupete rosa, en un carrito rosa y con un bolso rosa en el que pone bien grande su nombre de niña en letras rosas que no falta la señora que se te asoma al carro y te dice – Ay, mira, que niño más mono. Ya, gracias, bueno (dices tú, sintiéndote casi culpable) es una niña- ah, como no lleva pendientes….- Acabáramos.

Tengo que decir que no soy yo la pionera en mi familia en esto de no poner pendientes. Ya en el año 1978, mi madre, agotada y desquiciada, después de un parto de muchas horas, agarró a una monja por la pechera y amenazó con sacarle los ojos a ella y a toda su congregación si osaban agujerearme los lóbulos. La hermana salió de allí disparada a llamar al exorcista y a día de hoy, 36 años después, puedo afirmar que ni me ha poseído el demonio ni me he puesto pendientes.Me puedo imaginar las presiones enormes a las que mi madre se vería sometida para conseguir ponerme los pendientes, pero la mujer estuvo ahí firme; y lo del “no pasarán” de las revueltas estudiantiles lo tuvo que volver a sacar para contener a mis abuelas, que me rio yo de los grises después de haber visto a mi abuela Juana con la zapatilla de andar por casa en la mano.

Digo que me imagino la presión, porque el tema este de pendientes si, pendientes no aún levanta gran polémica. Sin ir más lejos, hace un mes, en la sala de espera del pediatra, presencié como una madre soportaba el peor asedio imaginable: el de la suegra. Allí estaba esta heroína del siglo XXI y su madre política, con la bebé en los brazos decía, en un alarde de sutileza: - Ay, mi nietecita, que bonita es, que bonitas orejitas tiene, y lo bonitas que estarían estas orejitas con unos pendientitos-. Y la chica allí, sin levantarse a romperle a la señora una vara en las costillas, que casi me levanto yo. ¡Idola! ¡Musa! No sé quién eres, pero desde aquí mi homenaje sincero.

Y en estas estoy yo, que siempre tuve muy claro que si tenía una hija no iba a ponerle pendientes, que me he pasado el embarazo polemizando a diestro y siniestro con el tema de los pendientes y que cuando por fin doy a luz y me dan a la niña, le miro la orejita y me encuentro con esto: una verruga en el lóbulo de la oreja izquierda redondita y colocadita justamente en el sitio en el que iría un pendiente. Toma ya. Por hippie. Puto karma.
 
 La monja y mi abuela se están descojonando desde el mas allá
 

Pd: A ver, que yo no le he puesto pendientes pero que no soy antipendientes. Que luego la gente ve mucho antipendientismo por ahí y el antipendientismo radical no es lo mío, que lo sepáis.

 



Todas hemos oído que la natación es uno de los deportes más completos, ya que en la piscina puedes ejercitar una gran cantidad de músculos a la vez. Yo hoy vengo a demostrar lo cierto de esta afirmación; nada para tener unos músculos tonificados como una horita de piscina con los niños. Y quien dice músculos tonificados dice esguinces en varias articulaciones, pero ya, allá cada uno con su estado de forma.

Cada día, como miles de madres españolas, llevo a mis hijos a la piscina con varios fines aviesos, entre ellos el de sacarlos ya de casa, donde los decibelios de sus gritos son incompatibles con la vida, o cansarles para poder encamarlos lo antes posible. Y además, la ducha en la piscina en verano te la convalidan por el baño en la ducha de casa, con lo que ir a la piscina te quita de algunas de las duchas semanales. Todo ventajas.

En mi caso particular, la piscina es privada, es decir, que no hay socorrista buenorro, la socorrista soy yo, un trabajo más a sumar a la multitarea. El trabajo de socorrista en mi casa es bastante estresante porque hay un elemento desestabilizador y rubio que no sabe nadar pero al que esta situación le importa un carajo, y que no tiene miedo ni vergüenza; por lo que a la que puede se lanza al agua, sin manguitos y en pelotas. Acto seguido me lanzo yo detrás, dando berridos y con ropa. Este es ya el tercer verano consecutivo en el que tengo que hacer el sprint de los 100 metros con lanzamiento al agua, así que en mayo instalamos una verja para cerrar la piscina, y este año he hecho el sprint de los 100 metros vallas. El rubio es como un gato, si le cabe la cabeza le cabe el cuerpo, y se cuela por la verja. Hemos tenido que parchearla con brezo y aun así y hasta que por fin las clases de la piscina municipal en invierno den sus frutos, el rubio está condenado a salir al jardín con manguitos SIEMPRE.

Puede que alguien se esté planteando que como es que me quejo si tengo jardín y piscina. Bien, le pondré en antecedentes. El año pasado heredé esta casa con jardín y piscina de mis amados padres, los cuales han pasado a mejor vida. O sea, que se han jubilado y se han ido a vivir a un piso sin jardín que rastrillar, limpiafondos que pasar o cacas de perro que recoger. Quizá he olvidado mencionar que con la casa heredé dos perros, lo que eleva mi número total de perros a tres. Como hijos. Tres perros y tres hijos. Ahora me compadecéis.

Así que, cada tarde, nos salimos todos a la piscina, cuatro humanos y tres perros. Coloco el carro en la única sombra que hay y amenazo en balde con castigar al que salpique a su hermana. Si LaNiña está dormida y los astros me sonríen me doy un chapuzón y si no, me siento con ella en el borde y trato de no rozar la esquizofrenia al atender a todos los “mira mamá” que me lanzan cada cuatro segundos: - Mira mamá, cómo buceo-Mira mamá, voltereta en el agua-Mira mamá, me tiro a bomba-Mira mamá, con una pierna.  Compadeciéndose de mí, uno de los perros ha decidido que va a hacer el de socorrista, y patrulla alrededor de la piscina ladrando a aquel niño que haga alguna maniobra peligrosa, o lo que un perro con clara fobia al agua entiende por peligrosa, es decir, cualquier cosa. Como el rubio es el más temerario, el perro le vigila de cerca y trata de que no salte al agua sujetándole de los manguitos; y esto, que para el niño es un juego divertidísimo y para el perro un amago de infarto, a mí ya me ha costado una fortuna en manguitos de los chinos.
 

De esta manera, gracias al programa completo de entrenamiento en la piscina, tengo los brazos más firmes de pasar el limpiahojas, las piernas tonificadas de las carreras para impedir los ahogamientos y un tic nervioso en un ojo provocado por la mezcla de ladridos y gritos, que no se si cuenta en la operación bikini, pero que a mí ya me ha dado resultados en la cola del súper cuando le he guiñado el ojo a un señor. Que no estaré buenorra, pero si quiero pillo cacho.

Desde finales de marzo tengo tres hijos, pero los efectos devastadores de esta situación no se han hecho notar hasta la semana pasada. Digamos que desde finales de marzo yo venía viviendo una situación previa al caos que más o menos me hacía intuir lo que venía pero que no me había preparado para lo que sería el verano en casa. Porque desde el día 20 de junio les tengo aquí a los tres, y dado que yo estoy en casa de baja, y no tengo esa excusa tonta de trabajar que ponemos las madres de hoy en día para pirarnos a sentarnos a una oficina con su airecito acondicionado y su cafetito de una máquina; no tengo más remedio que pringar. Ah, pues no haber tenido hijos. Pues, si, si llego a saber lo que me pasaría este verano por adelantado adopto 20 gatos.

La cosa suele empezar a las 4:40 de la mañana con LaNiña reclamando su desayuno tempranero. Esto no es demasiado incómodo, ya que consiste en meter a la niña en la cama, sacarme el tetámen y dejarla luego allí hasta que nos despertamos las dos. Lo que pasa es que, como todo el mundo sabe, tras meterte a la niña en la cama no se duerme igual, inconscientemente tienes miedo de aplastarla o de empujarla y eso del da a ella cancha para expandirse de modo que sus 60 centímetros ocupan el 50% de la cama y el Samurai y yo nos repartimos la otra mitad; que si se piensa, en cuestión de proporciones es bastante injusto. Durmiendo así se le queda a uno la espalda hecha un ocho, y yo ya llevo tres meses de contorsionismo, con lo que no me levanto con optimismo y buen humor precisamente.

A fin de tener entretenidos a los insurrectos y para minimizar las veces que se pegan con objetos contundentes o con las simples manos desnudas, he desarrollado un programa de actividades que consiste fundamentalmente en sacarlos de casa lo máximo posible para cansarles lo suficiente y que a las ocho y media estén ya cenados, bañados y pidiendo la hora. Las salidas incluyen parques, piscinas, supermercados, el Ikea de Alcorcón, el zoo o el museo en el que trabajo. Si estabais buscando una guía trendy y estilosa de planes con niños este no es vuestro blog.

El tema es que para salir de casa y no ser un peligro para mis congéneres, entiendo que debo ducharme, y cada día, mientras me ducho, uno de los niños  pega o molesta al otro, y el afectado viene al baño en busca de justicia; justicia que yo imparto en pelotas y con la cabeza llena de espuma, que aquí me gustaría a mí ver al juez Castro ( en la situación, no en pelotas, dios me libre).Los gritos resultantes de mi reparto de justicia, despiertan a LaNiña, que estaba dormida en la cuna o en la hamaca, y se une al griterío general con unos berridos que le acreditan como miembro de esta familia sin necesidad de pruebas de ADN ni nada. La solución para que se calme suele ser enchufarle la teta. En este momento crítico, en el que estoy medio mojada, tapada con una toalla y con una niña al pecho pueden pasar dos cosas: O bien que llama a la puerta el repartidor, que trae algo de lo que el Samurai ha comprado en Amazon (compra muchísimo en Amazon, pero yo no tengo tiempo de ocuparme de este tema para ver si está desviando fondos para sus compras, estoy en modo Infanta) o bien alguien necesita que le limpien el culo.  A esas alturas de la mañana yo ya estoy tan nerviosa que creo que en ocasiones le he limpiado el culo al repartidor. Para cuando consigo ponerlos en marcha ya han dado las doce del mediodía, y fíjate todo lo que llevo escrito ya. Continuará, si no acaban conmigo, continuará.

No sirve de nada darse cabezazos contra una puerta, joven guerrero. En ocasiones es más fácil girar el pomo y abrirla.

 
Que el demonio existe es algo que muchos satánicos, exorcistas y frikis varios llevan tiempo diciendo. Que existe, tiene cuatro años y es rubio es algo que solo digo yo. Y a mí la gente también me mira como si estuviera loca, pero claro, esa gente no ha sentido su poder satánico como lo he sentido yo.

El principio básico de dicho poder es una auto estima y una confianza en sí mismo a prueba de bombas. No hay muchos niños de cuatro años capaces de plantarse delante de un señor que les cuadriplica el peso, el tamaño y la mala leche y que para más señas es su padre y, con una mirada desafiante, decirle: “Macho, tu a mí no me cortas las uñas de los pies”. Decirlo y cumplirlo, porque después de pasarse horas sentado en un sillón sin tele y sin jugar, pudiendo abandonar el mismo solamente para comer, dormir e ir al baño, con la única premisa de que si consentía que le cortásemos las uñas de los pies se le levantaría el castigo, él permaneció impasible totalmente, mirándonos desafiante desde su sillón de pensar, en el que, al parecer, el único pensamiento que desarrolló fue: “ macho, tu a mí no me cortas las uñas de los pies” Y punto.

Si, si, ya se lo que piensan esas que menean la cabeza de lado a lado con actitud condescendiente. Ese niño es un maleducado, y un consentido y no tiene más que montar una pataleta para que le den lo que quiere, por eso es así. Con el debido respeto, mis queridas señoras: los cojones. Hemos aguantado estoicamente cientos de rabietas sin ceder ni un milímetro al chantaje; más que yo las ha sufrido su antagonista natural, el Samurai, que ha aguantado llantinas en parques, supermercados, aeropuertos, vehículos a motor y establecimientos de toda índole a lo largo y ancho de nuestra geografía e incluso allende los Pirineos, armado únicamente con una frase que repite una y otra vez como un mantra: cuando dejes de llorar, hablamos. Y si, al final hablan y el niño no consigue las chuches o lo que sea que generó su estallido, y todos tan amigos hasta la siguiente rabieta.

Debo decir que la cosa ha ido mejorando poco a poco y que ahora más que en forma de rabietas, su maldad encuentra maneras más creativas de manifestarse. Como aquella tarde de sobremesa hace unas semanas, cuando parecía que se había anticipado el verano, en  la que decidió que la mejor manera de darle helado a un perro era restregarse el helado por la cara y dejar luego que el perro se la limpiara a lametazos. O cuando en el parque hace unos días, convenció a su hermano mayor para orinar en un vaso de plástico con el noble propósito de mezclar el líquido obtenido con arena y hacer así una tarta de barro para agasajarme a mí. Lamentablemente me di cuenta de cómo habían hecho la “tarta” cuando tenía una porción en la mano.

Así que, viendo que la cosa empieza a ponerse peligrosa y que corremos el riesgo de que, siguiendo su instinto maligno, nos monte una red de tráfico de armas, o una caja de ahorros o algo por el estilo, hemos decidido establecer con él un programa de puntos por el que conseguirá un regalo si a lo largo de la semana cumple con sus obligaciones y se porta bien. El problema es que el primer regalo que quiere es un juego de química. Una cosa, ¿tenéis en casa refugio nuclear?

Tengo una hipótesis: los recién nacidos son, en realidad, alienígenas. Por supuesto es una hipótesis loca, que ha generado mi escasa capacidad de raciocinio, devastada tras las pocas horas de sueño, la alimentación desordenada y los pezones en carne viva.  Tratare de argumentarlo (no prometo nada).

Los recién nacidos no son de este planeta. Para empezar, cuando llegan, han de aprender a respirar en nuestra atmósfera, que es una cosa súper marciana. Para poder permanecer en la Tierra y culminar su invasión, tienen que aprender también a alimentarse como un ser humano, algo bastante complejo, ya que su sistema digestivo extraterrestre ha de habituarse a la comida humana y en muchas ocasiones se rebela en forma de gases, cólicos y unos cagarros amarillo-verdoso que, admitámoslo, no son de este mundo.

Su aspecto no deja lugar a dudas; son humanoides, pero no son enteramente humanos. Les delatan sus cabezas apepinadas, su extraño color de piel, sus parpados casi transparentes o sus pequeñas manos de vieja en miniatura. Seamos sinceros, no son bonitos. Son fascinantes, uno no puede dejar de mirarlos, pero no son bonitos. Mejoran  medida que crecen, aunque el primer día que los ves, envueltos en una pátina blancuzca y con esa cosa negra colgando del ombligo, no puedes evitar pensar que aquí hay algo raro.

Son organismos parasitarios que dependen del huésped al 100%, pero son un tipo de parásito despótico y dictatorial, porque a ver cuándo se ha visto un parásito terrestre que obligue a su huésped a estar levantado a las cuatro de la mañana viendo los cantajuegos o dando saltitos por la cocina a modo de danza india durante más de dos horas para intentar dormirle. Además crean en el huésped una sensación enorme de responsabilidad que ciertos días le lleva a rozar la locura. No creo que nadie se presente en urgencias de un hospital dando berridos porque su solitaria ha tosido raro.

La comunicación con ellos es imposible. Para empezar, ni te ven, o eso quieren que creamos. Abren esos ojos un tanto inexpresivos y ligeramente bizcos y comienzan los movimientos espasmódicos y los soniditos guturales, que a todos nos parecen monísimos pero que en realidad deben ser  un mensaje a la nave nodriza del tipo: “Aquí teniente coronel ULK238 desde la Tierra. El plan para la invasión continúa según lo previsto. Hoy algunos humanos han intentado comunicarse conmigo, su lenguaje primitivo se reduce a una especie de ruidos inconexos  y la palabra “ajo”. Claramente son retardados y su voluntad es muy sencilla de controlar. Solo he necesitado dejar a mi humana una semana sin dormir para que obedezca todas mis órdenes. Me dispongo a regurgitar leche una vez más sobre su hombro y luego a impedir que se limpie berreando con fuerza si intenta depositarme en la cuna. La tengo totalmente sometida, en breve enviare coordenadas para el aterrizaje masivo de nuestras naves.”

Desde aquí le pido a la NASA  que analice este fenómeno, porque en apocalipsis alien está cada vez más cerca. Para mí ya es tarde, llevo un mes sin peinarme, no consigo ir al baño sin llevar en brazos a un bebe durmiente y en estos momentos tecleo este post con una sola mano porque si suelto a mi tercera pasajera su llanto me perfora el hipotálamo. Salvaos vosotros que podéis.