Aquí está, viene ya, tan feliz, el mes de mayo con sus alergias, sus flores, su semana de San Isidro en el trabajo y su me quito o no me quito el sayo. El fin de curso es inminente, y una de las señales de que se termina el cole es esa madre cansina que propone, mientras esperamos para recoger a los chavales, recaudar dinero para hacerle un regalo a la profe.

 

Seguro que muchas de vosotras sois ejemplares de este espécimen materno, y algunas seréis incluso peores, haréis los regalos para la profe vosotras mismas, con Wasi-tape y un trozo de palet de obra. Las habrá que se presenten en clase con una bandeja de cupcakes. No tengo nada en vuestra contra, pero he de esgrimir mis argumentos para oponerme a este sin sentido y tratar de, una vez mas, salvar al mundo.

 

El motivo principal para hacerle un regalo a la profe es “ha cuidado muy bien de nuestros hijos”. Os contaré un secreto: es su trabajo. Estaría bastante mal que no cuidara de los niños, entre otras cosas, se quedaría sin regalo -¿Le hacemos un regalo a la profe este año? – no, este año no, que el último niño que se le despistó sigue hospitalizado. No digo yo que su trabajo no sea digno de todo el reconocimiento del mundo, pero de ahí a  comprarle unos Loboutin hay un abismo.

 

Unos Loboutin, un Cartier o una casa en la playa, porque la que recauda este año ha puesto la cifra escalofriante de 15 pavos por alumno para hacer el regalo. Quince euros de vellón, por 25 niños en clase nos dan un total de ¡375 euros! Disculpad la expresión, pero, ¿que cojones van a comprarle? Trescientos setenta y cinco euros. En el último cansino correo que mandaba la madre promotora del regalito se ofrecía ella misma a comprarlo y nos indicaba que a la profe le gustaba mucho la ropa de Desigual. Ya le puede gustar, porque le van a llenar el armario. Espero que por lo menos las camisetas a parches y los abrigos incalificables le sirvan de inspiración a la muchacha y por lo menos pille cacho por las mañanas. Ahora que yo he pasado por el aro y he dado mis quince euros reglamentarios. Los que vimos Friends en los noventa aprendimos mucho cuando Ross se negó a colaborar con el regalo al conserje de su edificio.

 

He pagado porque considero que este año, que es el último que pasan con la profe, si que habría que tener un detalle. Pero como creo que no hay que gastarse necesariamente trescientos setenta y cinco euros en algo que a lo mejor no le gusta (y que me duele que mis 15 euros se gasten en un Desigual) he apoyado la iniciativa que han tenido en la clase del Mayor de regalarle a la profe unos dibujos de los niños bien encuadernados con fotos y dedicatorias varias. Tanto me ha entusiasmado la idea de un regalo personalizado que me he venido arriba y me he ofrecido para editar un video con imágenes de los niños y musiquilla.

 

-Disculpe Madre Ninja, ¿no era usted la que en los dos primeros párrafos de este post se metía con las madres hacendosas capaces de hacer un cabecero de cama con un palet y de hornear fantasías de azúcar? ¿No era usted la que consideraba un sinsentido hacer regalos a la profesora de sus amados retoños que con tanto amor y dedicación se ha dejado la piel y los nervios ocho horas al día durante tres años? Si, era yo, y me desdigo de todo lo dicho. Haced regalos, demostrad vuestro amor a los docentes, pero por el amor de Dior, no os gastéis trescientos setenta y cinco euros en Desigual.

Seguramente hayan visto ustedes alguna vez un bicho de estos

 
 
 
Yo he visto muchos, yo veo muchos. A diario, en el salón, en la cocina, en el coche, en la cama. Los veo por todas partes. ¿Soy una loca obsesiva y paranoica? Seguramente si, pero esa no es la cuestión,yo veo a estos bichos de verdad, no son alucinaciones.
 
El primero de estos KikoNikos apareció en mi vida hace cinco años, poco después de nacer el Mayor. Alguien fue al Imaginarium con la sana intención de traer un regalo mono para un bebé recién nacido y compró el peluche de marras, que, además de suave y amoroso, es un juguete de esos que favorecen la aceptación por la diversidad y la integración de los discapacitados y cosas de esas que a los niños les dan exactamente igual porque ellos juegan con cualquier niño, perro o ratón tengan o no una oreja mas grande que otra o un costurón en un brazo.
 
El caso es que alguien nos regaló el peluche y este fue ignorado  totalmente por el Mayor, lo que acarreó su condena al internamiento en un baúl en el cuarto de juegos. Dos años, seis meses y un día mas tarde nació el Rubio y el peluche ya rehabilitado pudo volver a integrarse en la sociedad. Al contrario que a su hermano, al Rubio el ratón le moló mogollón y decidió arrastrarlo de un pie como muestra de amor incondicional. Comía con el, dormía con el, lo enterraba en el arenero del parque, insistía en bañarse con el, lloraba porque no podía bañarse con el y se lo llevaba a la guardería cada día.
El cuello del Kiko Original empieza a perder facultades 
 
Temerosa de perder al Kiko en cualquier parque y convertir la vida de mi hijo en un infierno, decidí comprar otro Kiko de repuesto que además hiciera de doble de cuerpo cuando el Kiko original tuviera que pasar por la lavadora (cada tres días aproximadamente). Pero El Rubio se pispó de que en realidad había dos Kikos y como casualmente tiene dos manos,llegó a la conclusión de que podía arrastrar dos Kikos simultáneamente, lo que le convertiría en el campeón mundial de arrastramiento de Kiko y quien soy yo para frenar una fulgurante carrera deportiva. Compré un tercer Kiko y lo escondí.
 
Los Kikos son transportados generalmente así
 
 
Y así vivíamos felices y comíamos perdices hasta que una tarde en casa de unos amigos ocurrió lo inevitable: se perdió un Kiko. Presa del pánico intenté distraer al Rubio con todos los medios a mi alcance mientras los demás buscaban infructuosamente al Kiko. Finalmente aparecieron con un Kiko similar que tenían por casa, más pequeño y con alas, que fue muy bien recibido y bautizado desde entonces con el nombre de Kikobebépuedevolar. Al día siguiente, bajo una montaña de juguetes apareció el Kiko perdido. Si van echando la cuenta les saldrán ya cuatro Kikos.
Kikobebepuedevolar siempre viaja seguro


Una tarde me encontraba yo con los niños en el centro comercial de mi pueblo, conocido popularmente como Elcarrefur, tratando de que quemaran energía o alguna otra cosa después de una semana de lluvia y en un mas que notable estado de enajenación mental que mis hijos aprovecharon para arrastrarme al interior de un Imaginarium por la puerta pequeña y obligarme a comprarles algo ya que el día anterior habían recogido la cocina. El Mayor me pidió un dinosaurio y creo que no tengo que decir lo que pidió el Rubio. El Kiko negro es el último de nuestros Kikos por ahora, porque según el nos faltan el Kiko rosa y el Patokiko. Y llegarán, no me cabe duda, yo ya les estoy esperando en el porche, sentada en mi mecedora de mimbre con los ojos inyectados en sangre mientras acaricio
mi escopeta de perdigones. Llegarán.

 
¿Veis cómo me están mirando?


El guerrero Ninja encuentra la felicidad en las cosas pequeñas

 

Ayer no fuimos al fútbol aunque nos tocaba fútbol, en vez de eso decidimos por unanimidad en la puerta del cole ir al parque. No hacía buen día, se había nublado y hacía un poco de viento, pero cogimos las bicis y al perro y nos fuimos a un parque que está en medio de una dehesa. Como ha llovido mucho está todo verde. El Mayor no había cogido la bici en todo el invierno y como es de natural cauteloso yo pensaba que tendría miedo y que me tocaría cargar la bici la mitad del paseo, pero no, sorprendentemente se tiró por todas las cuestas y rodó por el camino a toda velocidad, e incluso se atrevió a derrapar. Hacía viento y las copas de los árboles se movían, el Rubio se paró bajo una encina y gritó -¡hola árbol! -¿que haces?- le pregunto-El árbol me ha hablado- me contesta. No puedo hacer menos que saludar al árbol.

 

Al cabo de un rato decidimos por unanimidad volver a casa. La cocina estaba sin recoger y había que poner una lavadora, pero en vez de eso me dediqué a hacer comiditas de plastilina. Hicimos spaghetti, helado y un pastel. Luego nos vinimos arriba e hicimos una casa con su sofá, su tele, su cocina y su perro azul con tres patas y la cabeza más gorda que el cuerpo.

 

Luego nos bajamos a ver los dibus. Recalenté arroz con pollo que tenía en un tupper y cenamos. Decidimos por unanimidad subir al baño y jugaron con el agua hasta que se enfrió. Nos pusimos el pijama y nos metimos los tres en la cama del Rubio para contar un cuento. En el cuento, el tiburón simplón tiene muchos amigos y para cada uno puse una voz divertida distinta. Rieron hasta que se les saltaron las lágrimas.

 

El Mayor se fue a su cama y yo le arropé. –Mamá, este ha sido mi mejor día-Pues si, ni ha bajado la prima de riesgo, ni me ha tocado la lotería, ni he acabado todas las tareas de casa, ni me he sentido plena y realizada como mujer. He saludado a un árbol, he hecho spaghetti de plastilina y he hablado con la voz de un pez globo. Ha sido mi mejor día.

 

El camino del ninjutsu no es sencillo joven guerrero, está plagado de obstáculos, de incertidumbre y de dolor.

 

A este mundo hemos venido a sufrir, así que cuanto antes lo aceptemos mejor nos irá. Es lo que tiene haber elegido la tradición judeo-cristiana y meternos en la Europa del euro. Ajo y agua.

 

Llevada por la corriente de la aceptación del sufrimiento y decidida a sobrepasar mis límites en plan Marina Abramovic, me he sometido, no una, sino dos veces, a experiencias extremas que ponen a prueba la capacidad humana y su umbral del dolor. La primera fue cuando decidí volver a ponerme el corrector dental con 30 años, pese a haber llevado ya los dichosos braquetts durante dos años cuando tenía 15. La segunda, volver a encarar la maldita elección del colegio.

 

Resulta (de que) este verano nos cambiamos de casa. Por si hacer una mudanza no fuera ya bastante sufrimiento, debemos también mudar a los niños de colegio porque el actual nos pilla demasiado lejos de la casa nueva. A priori este cambio suscitó en mi una serie de ideas esperanzadoras y positivas traídas por el hecho de que se me daba una segunda oportunidad para enmendar mi error de elegir un colegio concertado y poder por fin optar a uno público, con las ventajas que eso tendría para mi recién adquirida conciencia social y para, por que no decirlo, mi bolsillo.

 

Ni corta ni perezosa, localicé el colegio público mas cercano a mi nuevo domicilio y el Google maps tomó por mi la decisión que hacía tres años tanto me había costado tomar. Ya está, ya tenemos cole, ahora a esperar a que se abra el plazo. Y silbando alegremente me serví un gin tonic.

 

Días después, en una conversación en el trabajo salió a relucir un concepto que hasta entonces me era ajeno: la zona única. Al parecer, las mentes pensantes de la comunidad de Madrid han decidido que este curso cualquier persona, humana o no, habitante de esta nuestra comunidad autónoma, puede optar a cualquier centro escolar que le parezca independientemente de si vive o no en ese municipio. Lo que mas puntos da es tener hermanos en el centro. Osea, que si una familia de Aranjuez ha metido ya a un hijo suyo en el colegio que está a tres minutos de mi casa, el segundo hijo que pretendan meter tendrá seis puntos más que el mío. Muy lógico y muy normal todo.

 

A partir de ahí empezaron los sudores fríos y las pesadillas. ¿Y si entra uno de los niños y el otro no? Porque el Rubio empieza con tres años, y para eso hay más plazas a priori, pero el Mayor entra en primero de primaria, y ahí no salen tantas plazas. Como llegue alguno que ya tenga al hermano dentro tenemos un problema. Y si te quedas sin plaza la comisión de escolarización te manda donde le parece, y a lo mejor le parece mandarnos a Aranjuez (que viendo cómo piensan no sería descabellado en absoluto) o lo que es peor, a las monjas.

 

Desde entonces vivo sin vivir en mí y muero por que no muero. Diariamente consulto el portal de educación de la Comunidad de Madrid y me dejo medio sueldo llamando al 012 para saber la fecha de las inscripciones. Nadie sabe nada. No hay una fecha fija, varía cada año dependiendo de la Semana Santa, el índice Nikkei, la alineación de los astros y el ciclo menstrual de Lucía Figar. Los colegios tampoco saben nada, y me tienen ya aborrecida de tanto que llamo para que me dejen ir a las jornadas de puertas abiertas. Tengo que visitar varios coles en previsión de que no me den el que solicito como primera opción, y teniendo en cuenta que puede ser cualquier cole he entrado en un bucle infernal de llamadas, visitas de páginas web y consultas en foros. Se me están acabando la paciencia y la medicación.

 

P.D.- Recomiendo la lectura de este post de la madre del gremlim, genial como siempre.

 

P.D.2.-  Eso de que no se sabe la fecha de la inscripción de alumnos no es del todo correcto. Ni la consejería ni los colegios lo saben, pero por lo que parece esta revista digital si lo sabe, aunque dice alguna cosa rara. ¿Será una filtración o yo ya lo estoy flipando mucho?  Me voy a poner otro gin tonic.

De los creadores de “mi madre me enseña poesías guarras” y “mi madre piensa que estás muy gorda 2” llega una nueva humillación ante personas desconocidas.

 

Exterior. Día. Una madre Ninja sale da la biblioteca municipal pastoreando a sus dos criaturas. Carga con un total de ocho libros y maldice el día aciago en el que la bibliotecaria, tan maja ella, le dijo al Mayor que si quería sacarse él también el carnet y así podrían sacar el doble de libros. El Mayor, que solo tiene cinco años, confunde cantidades y volúmenes y no solo saca cuatro libros más, sino que saca los cuatro más gordos que ha podido encontrar.

 

La plaza que hay ante la biblioteca se ha convertido en el nuevo skate-park del pueblo, y los chavales hacen alarde de habilidad doble con el monopatín; dan saltos sobre las tablas mientras consiguen que no se les caigan los pantalones. (Momento para una nota mental: eres vieja, criticas a los chavales del culo cagao, estás acabada). El Rubio, de natural inclinación hacia la rebeldía y el deporte de riesgo, se acerca a un chico que ha hecho una parada para recuperar fuerzas; por lo visto los porros son mejor que el isostar (sigues cavando tu propia tumba, viejuna) y dado que se encuentra algo relajado, no se percata de que el Rubio se ha subido en el monopatín y trata de huir. La madre Ninja, hábil y rápida como sólo una madre Ninja puede serlo, engancha al Rubio del pescuezo y devuelve el monopatín a su dueño con una patadita. Una pelea con un skater fumado no es la mejor manera de pasar una tarde en familia.

 

Mientras, al otro lado de la plaza, El Mayor parece haber entablado conversación con un señor que pasea a su perro. El señor, algo regordete, algo calvo, de mediada edad, pasea a un Yorkshire miniatura con un kiki y un lacito en la cabeza (el perro, no el señor, que ya sólo le faltaba eso). Cuando la Madre Ninja se acerca puede escuchar la conversación:

 

            - Mayor: Tu perro lleva un lazo rosa

            - Señor: Si, es que le gusta ponerse lazos, y si no se lo pongo, se enfada

            - Mayor: Pues no debería mandarte tu perro

            - Señor: Ya, es que no me hace caso y siempre hace lo que quiere

            - Mayor: Eso es porque no le tratas como tiene que ser. Los perros sólo entienden la fuerza. Mi madre siempre usa la fuerza con mi perro y el perro hace lo que ella dice.

 

La cara del señor se vuelve hacia la maltratadora de animales que carga en un brazo con ocho libros infantiles y con el otro arrastra a un niño rubio de tres años que berrea que quiere un monopatín. La supuesta maltratadora de animales tiene que hacerle ver al buen señor que lo que su hijo llama “la fuerza” es decir de manera contundente “Don,abajo” para que el perro se baje del sofá y no, como el se había imaginado, sacudir al perro como a una estera. Con todo y con eso como excusatio non petita, accusatio manifesta, el señor se va con la sombra de la duda; porque si una madre tiene la fuerza suficiente para cargar con una pila de libros y arrastrar a una criatura sin duda puede emplearla libremente para maltratar a un perro. Lo que el señor no sabe es que esta es una Madre Ninja y que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad.

 

Pd.- ningún animal fue maltratado durante el rodaje de este post.

Algunos de los que me leen saben que trabajo en un museo. Un museo es un centro del que la gente sale por la puerta con algo que no traía cuando llegó. Al margen de las distintas interpretaciones que Erik el Belga y sus colegas hagan de esta frase, el hecho es que es un centro de educación de los llamados “no formal”, o sea, que te enseña cosas sin tener que estar sentado delante de una pizarra. El museo en el que yo trabajo es un museo de ciencia, por lo que nuestro departamento de difusión y didáctica es uno de los departamentos fuertes. Todo este rollo viene a cuento porque una de mis funciones es llevar el taller de reconocimiento de rocas, minerales y fósiles destinado a los alumnos de primaria, y gracias a eso tengo la oportunidad de ver cada día, aunque solo sea por un rato, a un grupo de escolares distinto. Esto me ha permitido hacerme una idea de cómo están los coles, al menos a nivel de nuestra comunidad autónoma. Solo paso una hora con ellos, pero de mi experiencia extraigo datos interesantes y gracias a este trabajo de campo voy a intentar desmontar algunos de los miedos que tenemos los padres con respecto a la escuela pública.

 

1.- No importa para nada el cole que elijas. Para nada. Te da igual que tenga piscina, rocódromo, helipuerto y masajista sueca, si el profe que le toca a tu hijo es un cenutrio, lo llevas claro. Y hay profes cenutrios, para que nos vamos a engañar. Hay gente harta, desencantada, indolente y muy quemada en la educación. Gracias a Dior y a su ministro Paco I, la mayoría de los profes son personas muy motivadas y con mucho amor hacia su trabajo, y yo me he encontrado profes con una vocación inquebrantable y unas ganas de enseñar que tiran de espaldas muchas veces, incluso con grupos a priori malos, de niños con problemas de exclusión social, que mal llevados serían imposibles pero que gracias a la profe que tienen, un niño gitano de 11 años, que flipó con la cabeza del Tyranosaurio, sabía perfectamente distinguir entre rocas metamórficas, ígneas y sedimentarias. Y lamentablemente a esta gente no se les reconoce su labor y en muchos casos son tachados de incompetentes, vagos o lo que es peor: funcionarios. Un buen sistema educativo tendría a los profesores subidos a los altares de la sociedad.

 

2.- Los inmigrantes no nos invaden. No hay hordas mayas salvajes en los patios de los colegios, no hay grupos de islamistas radicales campando por los gimnasios, no hay paramilitares kosovares en las colas del comedor. Por mucho que se empeñe alguna gente, en España lo que mas hay son españoles. Si es verdad que hay coles con una problemática alta de alumnos que no hablan el idioma y que necesitan apoyo para que los que no puedan alcancen el nivel del grupo, pero el 90% de los coles públicos que vienen al museo tiene chavales de distintos colores y el dominantes es siempre el cañí. Es tan dominante que los chavales latinoamericanos no tienen acento. Es tan fuerte que los chavales chinos dicen “ejque”. Que en un grupo de clase haya varias nacionalidades no puede hacer más que enriquecer el aula, la labor del ministerio, la consejería o quien leches maneje esto es no hacer guetos. Lamentablemente, a quien maneja esto le gustan demasiado los guetos.

 

3.- Los niños no son esponjas. Salvo excepciones, los niños no registran todas las cosas a la primera. Sed sinceros/as y pensad cuantas veces hay que repetirles los conceptos a los niños. Si no hay manera de meterles en la cabeza que no pisen el sofá ¿como leches les vas a incrustar la gramática inglesa entre los 3 y lo 5 años? Yo en el museo trabajo con chavales de entre 7 y 11 años, la gran mayoría de las veces suelto un concepto nuevo y luego se lo vuelvo a preguntar al cabo de un minuto. A la primera no contesta nadie, luego, si les das una pista ya van cayendo. Necesitan escucharlo un par de veces y comprenderlo para registrarlo, como cualquiera. Los famosos colegios bilingües que Esperanza Aguirre ha tenido a bien otorgarnos, al menos desde mi experiencia, no solo no han conseguido niños bilingües, sino que ha bajado el nivel de las clases de ciencias  ( o science)  a límites alarmantes. Hay muchos chavales de 10 años que no saben lo que es una cordillera. Ni en español ni en inglés.

 

 
Miedo a que el cole no tenga instalaciones maravillosas, miedo a que haya muchos inmigrantes, miedo a que no tenga un buen nivel de inglés. Los coles públicos nos dan miedo, y, como hice yo, llevamos a los niños al concertado en busca de una mejor educación, y yo ahora creo que me equivoqué. Tampoco es que el colegio esté mal, pero no veo el motivo de pagar lo que estoy pagando, sobre todo cuando pienso que pago doble, de mis impuestos se paga el concierto del colegio y luego pago el impuesto revolucionario. Esto es una utopía pero, si todos lleváramos a nuestros hijos al colegio público ¿no se verían obligados desde el gobierno a darnos más y mejores colegios? Si rechazáramos el concierto ¿no alcanzaríamos una situación como nuestra admirada Finlandia en la que no hay colegios concertados? Bien es cierto que la gestión de la educación está en manos de los políticos, pero ¿no seremos nosotros, los padres, los culpables de su deterioro al correr hacia el “sálvese quien pueda” y el “ yo a mi niño le llevo al colegio británico  aunque me cueste un riñón”? ¿No deberíamos responsabilizarnos de saber  en qué se gastan nuestros impuestos conociendo los colegios públicos, el lugar de “yo no llevo ahí al niño que me han dicho que no tienen clases de danza coreana”? No sirve de nada ir a las manifestaciones y luego llevar al niño a Las Madres Piadosas de la Santa Manta. Ahora, el que quiera que se vaya a reflexionar al rincón de pensar.

Entrena duro, joven guerrero Ninja, pero habrá momentos en los que, pese a tu entrenamiento, serás sobrepasado por la situación.

 

Perdonen que no me levante pero es que aún sigo en estado de shock.

 

 Miércoles por la tarde, tarde lluviosa para más señas, dejo a los niños jugando en el cuarto de juegos/almacén de trastos/buhardilla de casa y me bajo a preparar la cena. En el apartado “almacén” del cuarto de juegos lo que almaceno son cajas con juguetes, ropita y accesorios de cuando eran bebés porque tengo sitio y porsiacaso. A los quince minutos de dejarlos, el Mayor me llama como si se hubiera prendido fuego: -mamaaaaa, que el Rubio se ha hecho caca. Bueno, si, tiene tres años recién cumplidos y a veces se despista. Subo a ver que pasa y cuando empujo la puerta hubiera preferido ver la cara  pintada en la pared que deja John el Rojo que lo que vi.

 

 

En algún momento de esos últimos quince minutos, él había sentido la llamada imperiosa de la naturaleza, aunque no lo suficientemente imperiosa como para bajar un piso y llegar al baño al parecer. Como es igual de listo que de vago, se da cuenta de que al lado de las cajas de ropita hay un orinal. Perfecto, pues aquí mismo. Lo que no hizo bien fue el cálculo de las cantidades, porque los mojones de un niño de tres años que se acaba de merendar un bocadillo de chorizo y un vaso de leche no caben en el orinal de un niño de dos que se merienda medio plátano. Deduzco (y ya es mucho deducir) que parte del mojón, al no caber en el receptáculo, se le quedó pegado al culo y cuando se puso de pie, se despegó y cayó al suelo. Viendo el estropicio e intuyendo sabiamente la bronca que le iba a caer, el Rubio recogió el truño con la mano y lo metió de nuevo en el orinal. Al mirarse la mano se dio cuenta, quizá nunca había reparado en ello, de que la mierda mancha bastante y trató de limpiarla con la otra mano. Entonces se dio cuenta de que mancha mogollón y además se extiende. Como hubiéramos hecho cualquiera de nosotros a los tres años, recurrió a la sudadera del chándal del colegio (cuyo módico precio es de 27 euros) para eliminar los restos biológicos de las manos.

 

En ese preciso momento entro yo y el panorama desolador era este: Un orinal a rebosar, un restregón por el suelo y un niño rubio con una sudadera estampada en marrón y los pantalones por los tobillos que dejaban ver un culo con estampado a juego. Y el Mayor descojonao por los suelos. Ni Carlos González, ni crianza con apego, ni la madre que me parió. Pegué un berrido huracanado y El Rubio, aunque ya lo veía venir, decidió morir matando, y cuando yo le ordené que a la ducha de cabeza el se cruzó de brazos y se negó rotundamente- ¡¡NO!! ¿Que no vas al baño?, por mis narices que vas al baño.

 

Intento sujetarle como puedo para no llenarme yo también de caca hasta las cejas pero el esfuerzo es inútil cuando la criatura chilla, patalea, se sacude como una anguila y se agarra al quicio de la puerta con las dos manos. Si, con esas dos manos. Consigo por fin meterle en la bañera y la luz de la razón le ilumina de repente – mami, una ducha que estoy susio- Si hijo, si, hazme hueco anda, que no eres el único.