Hoy, día en el que la comunidad educativa está llamada a una huelga general, es un buen día para reflexionar sobre la importancia de la educación, no solo la que podrá tener para nuestros hijos, sino la que ha tenido para nosotros. Un país es lo que es en función de la educación que reciben sus ciudadanos y en todo esto los profesores son uno d elos pilares principales. Pero si se les menosprecia, se les desautoriza, se les amenaza y se les cambia de centro cada curso, si se les baja el sueldo y se les coloca ante la sociedad como vagos y maleantes la educación que recibirá este país irá cada vez a peor. Un niño necesita profesores excelentes, bien preparados y motivados, sólo los mejores deberían hacer este trabajo y se les debería tratar en consecuencia como motores de la sociedad. Un niño necesita un superhéroe que le de clase, un campeón.




No se si salen los subtítulos en español en este video, os dejo el link con subtitulos

http://www.ted.com/talks/lang/es/rita_pierson_every_kid_needs_a_champion.html?source=facebook#.UmdqM-2UhGN.facebook




Como tengo mucho sueño y no puedo escribir nada más largo, os dejo este video


Un guerrero Ninja nunca subestima a su adversario, ni siquiera cuando es pequeño, muy pequeño, ridícula y desesperadamente pequeño.

 

Una bella joven, embarazada de su primer hijo, se apoya lánguidamente en la ventana y acaricia su vientre con ternura. Sonríe imaginando la carita de su bebé, su naricita, sus manitas y sus piececitos, cada uno de ellos con cinco preciosos deditos. Y cada dedito terminado en una minúscula, una jodidamente minúscula uña. Aquí es donde la romántica historia deriva inevitablemente en película de terror.

 

Cortar las uñas es una de las miles de cosas de las que nadie te habla cuando tienes un bebé, porque sudar a mares mientras, con mano temblorosa en lugar de con pulso de cirujano, intentas cortar una uña de menos de un milímetro y a la vez sujetas a un bebé al que su instinto primario de supervivencia le ordena “pelea o huye por tu vida, hay una loca sudorosa con unas tijeras” no es una preciosura monísima. Es una puta mierda.

 

Si estás en este punto, en el que el sueño rosa Disney se te ha ido al traste y al mirarte en el espejo no ves a la princesa Aurora sino a una desequilibrada ojerosa con pelos de idem, tranquila. Punto uno: eres una mujer normal y punto dos: de esto se sale. Yo misma, aunque no soy precisamente el ejemplo perfecto de mujer equilibrada y cabal, soy capaz de cortar semanalmente cuarenta uñas (excluyendo las mías propias) con un mínimo aceptable de daños personales a terceros. Procedo a plantear diversas opciones con respecto al corte de uñas extraídas de mi experiencia propia y de alguna que he ido escuchando por ahí.

 

-          Las manoplas: Vale, puedes esconder las uñas del recién nacido y no desesperarte al verlas, pero eso no quiere decir que no vayan a seguir creciendo. Tarde o temprano vas a tener que afrontar la realidad. Además acabas por darte cuenta de que las manoplas son la típica cosa que te cuelan con el primer hijo pero que su escasa practicidad y su poca durabilidad hacen que lleves al segundo con la cara como si durmiera en un saco con un gato rabioso.

-          La lima: Si eres negra, pesas 120 kilos, vives en el Bronx y llevas unas uñas de 40 cm. a lo mejor la lima te resulta útil. Si eres un bebé recién nacido con las uñas más finas que el papel de fumar, que se doblan hacia dentro ante la menor presión, va a ser que no. Que si, que lo pone en todas lar revistas para padres, pero a mi el tema de la lima no me funcionó. A lo mejor me faltan melanina, 60 kilos de peso y 40 cm de uñas, vete a saber.

-          Las tijeras: Esto si, no hay más remedio. Hay que echarle valor, meter lo que se pueda de los dedos por los ridículos agujeros, respirar hondo, santiguarse tres veces (cuidado, con la mano que no tenga las tijeras, que al final tenemos una desgracia) y al lío. Hay gente lista que lo hace cuando el niño está dormido, minipunto para ellos, y luego hay gente obtusa como yo, que se empeña en hacerlo después del baño, como si las uñas necesitaran estar aún más blandas.  Para llevar a cabo la operación son necesarios al menos dos adultos. Uno, el de mayor peso y poderío físico, al que llamaremos “el inmovilizador” y otro, el que tenga los dedos más finos, al que llamaremos “el ejecutor”. El inmovilizador debe tratar, con cariño y delicadeza, de que el niño se mueva lo menos posible para que el ejecutor corte dónde hay que cortar. Después de tres cuartos de hora de canciones, entretenimientos varios tipo “mira el pajarito” y acciones desesperadas “si yo también me corto las uñas y no lloro”, uno consigue su objetivo hasta aproximadamente la semana que viene.

-          El cortaúñas. Yo ya he llegado aquí, y mi vida es algo más sencilla. Tampoco puedo decir que mis hijos se sienten alegremente tendiéndome las manos como si esto fuera un nail salón cualquiera  de Nueva York, pero al menos he dejado de recibir patadas en la cara, una cosa de mucho agradecer. Cortar las uñas de los pies sigue siendo más complicado que las de las manos, aunque presentan la ventaja de que crecen más lentamente y no hay que pasar por la tortura tan a menudo. Las de las manos, en cambio, como cualquier madre con hijos en edad de rebozarse en el patio del colegio sabrá, no solo hay que cortarlas sino que hay que mantenerlas limpias, un trabajo titánico dado que, al parecer, las uñas segregan una sustancia que hace que se meta bajo ellas todo tipo de suciedad, pintura de dedos, plastilina o vayaustedasaber que se encuentre a un kilómetro a la redonda de las manos de una criatura.

 

Las malas noticias son que no puedes ignorar las uñas de tu retoño a menos que quieras que le incluyan en el Record Guinnes a las uñas más largas del mundo (hay un tipo de India que ostenta el título cuya foto os voy a ahorrar) y además que no hay bebé conocido que se deje cortar las uñas sin presentar batalla, con lo que la cosa se podrá fea seguro. Las buenas noticias son que cada año que pasa es uno menos que tienes que dedicarte a cortar uñas,¿ves? siempre hay algo positivo, venga,va,un poquito de rosa a la maternidad, que tampoco es plan de quitarle todo el azúcar.

Mi hijo mayor, a sus apenas seis años, está ya entrando en la adolescencia. El primer síntoma de que esto es cierto y no se me ha ido a mi la cabeza mezclando paracetamol y pastillas ricola (por cortesía de la farmacéutica, que dice no puedo tomar strepsils, por el embarazo, aunque el médico de mi empresa, mas conocido como Dr. Just for Men o Dr. Pelucas, dice que si), es su afán por llevarme la contraria y decir que no a todo.

 

No hay nada mas adolescente que ese negacionismo que le lleva a cerrarse en banda ante propuestas tan variadas como “vamos al parque”, “hoy hay tortilla”, “bajamos a la playa” o “ te he traído cromos”.  NO. Y punto. Le digas lo que le digas es que no, y al no le sigue la cara más larga que puede poner. El paso siguiente es un castigo, porque para chulo mi pirulo. Pero como está ya muy cerca del nirvana y se ha desprendido de todas sus posesiones materiales, ya que a todas dice no y ninguna le interesa, cada vez es más difícil de castigar.

 

La cosa va más o menos así:

 

-          YO: Venga, nos vamos un rato al parque ( no he acabado de decir “ parque” y el Rubio está va en la puerta subido en la bici)

-          MAYOR:¡ Nnnnnno! ( alargando mucho la N, que jode más)

-          YO: ¿Pero por que?, Si llevamos la bici, y van a ir tus amigos

-          MAYOR: ¡Porque nnnnno! ( 0% de razonamiento lógico+100% de alargamiento de la N = cabreo materno)

-          YO: Pues nada, te quedas en casa solo, pero sin cromos de Pokemon y sin juegos

-          MAYOR: Pues vale, pues me quedo solo, que es lo que quiero ( si claro, y sacar unas litronas y ponerle un wasap a los colegas para que se vengan)

-          YO: Pues venga, yo me voy, aquí te quedas ( órdago a la grande)

 

Me voy a la calle, cargo las bicis, cargo al Rubio, me meto en el coche y arranco. En ese momento aparece por la puerta, enfadado y agarrado a sus cromos de Pokemon.

 

-          MAYOR: Voy, pero porque vienen mis amigos nada más.

 

Arranco el coche, no sin antes dejar un arañazo en el salpicadero que ni un tigre de Bengala, oiga. Después de dos horas en el parque, pasándoselo como un enano y yo aguantándome el muy materno “ya te lo dije, si luego en el parque te lo pasas muy bien” toca volver.

 

-          YO: chicos, a casa

-          MAYOR: ¡Nnnnnno!

 

Es desesperante. No se si es una fase o si esto ya va para arriba y la adolescencia está a un par de meses de distancia. Yo por si acaso le reviso las axilas, no vaya a aparecerle el pelo y me he apuntado al casting de la próxima temporada de Hermano Mayor por si me vienen mas dadas. Me planteo llevarle a que le vea el médico, voy a pedirle cita al Dr. Pelucas, con la edad que tiene   (pese a esa sospechosa mata de pelo negro que me gasta el buen señor) seguro que  sabe darme alguna solución. O un buen quita arañazos para el salpicadero del coche, algo es algo.

Estoy embarazada. Si, ya lo se, tendría que haber escrito un post divertido, un poco emotivo y con algo de misterio y haber soltado la noticia al final acompañada de alguna frase de esas que te dejan asomando la lagrimilla, pero el cerebro no me da para mas.

 

Estoy muerta. Como algún ser humano de los que tiene a bien leer estas chorradas que yo suelto a veces (últimamente muy espaciadas en el tiempo, ruego me disculpen) sabrá bien, el embarazo cansa mucho, sobre todo el primer trimestre. Y la cosa empeora si además de cargar con el bombo y las hormonas cargas con dos individuos de no mas de 1.10 cm con demasiadas horas de ocio veraniego acumuladas en sus bodys corporales.

 

Estoy bastante estresada. La última semana sacrifiqué días de vacaciones, de esos que los funcionarios no sabemos cuanto tiempo durarán, para dedicarme a la vuelta al cole; y esta está llena de incertidumbre, horarios raros y pequeños motines infantiles. Como el pequeño empieza segundo ciclo de infantil, debe pasar por el ya famoso y muy temido proceso de adaptación. En realidad la adaptación para un niño que lleva en la guardería desde los ocho meses es cuestionable, ahora, la adaptación de una profe que no ha visto al Rubio en su vida y que no sabe que la primera cosa que va a hacer cuando pise el patio es amenazar con “meterle un puño” a un niño que está antes que el en la cola del tobogán es imprescindible. Entre eso y el segundo día, en el que tras hacer pis depositó los calzoncillos en el interior de la taza del WC y después llamó a la profesora para que los recuperara ya tiene la buena mujer datos suficientes para que sus pesadillas nocturnas tengan forma humana y rubia a la par.

 

Estoy bastante cabreada. El primer día de clase, como resultado de una pésima gestión de recursos humanos de la comunidad de Madrid, aún faltaban cinco puestos por cubrir en el colegio de mis hijos. Esto ha supuesto que el Mayor este sin tutor, situación que se alarga ya  una semana. Además, como es nuevo pero nadie lo sabe, ya que la persona que se hace cargo de esa clase es de infantil y no de primaria, pues aún no conoce a ningún niño y como no lo esta pasando precisamente bien, se niega a ir al cole por las mañanas. Eso sumado al hecho de que es la reencarnación de Sir Laurence Olivier y a todo le encuentra el drama, cada mañana desayunamos con Hamlet, Segismundo o el joven Werter.

 

Estoy pasando un poco del tema del embarazo. Aparte del cansancio no tengo síntomas notables, tengo algo de tripa, pero es más parecida a mi típica panza cervecera de después del verano que a una tripa en condiciones. Además tengo mucho trabajo y en casa no paro quieta, así que no me da tiempo a analizar verdaderamente lo que se me viene encima. Pero hoy, cuando venía en el cercanías a las seis de la mañana, de repente me ha asaltado una sensación, un cosquilleo en el estómago, por debajo de la grasa. Una idea tonta, una especie de emoción que hacía tiempo que no sentía. Voy a tener un bebé, tan perfecto, tan rechoncho, con ese olor y esa sonrisa sin dientes, con esas manos minúsculas. Me he dado cuenta de lo increíble que es y le he sonreído a mi reflejo en la ventana.

 

Ahí lo tenéis, la frase que te deja la lagrimilla, empezaba a subestimarme.

Si están ustedes leyendo esto significará que a estas alturas del verano aún sigo viva, lo que es mucho decir si tenemos en cuenta que la última semana me la he pasado sola ante el peligro. El peligro, concretamente, son mis dos hijos rodeados de una serie de circunstancias como la falta de horarios, la alimentación irregular y el exceso de azúcar en forma de helado; algo que junto al cansancio que acumulo y al hecho de que no me dejan encadenar ni dos horas seguidas de sueño por la noche, hace que ese peligro sea directamente mortal. Mortal de necesidad. Y si no me creen, juzguen ustedes mismos a partir de este cuaderno de bitácora que he tenido la necesidad de ir escribiendo para de no cruzar definitivamente la línea de la locura.

 

Día 1.- Los aborígenes están contentos y parecen tranquilos; pero he de desconfiar. Han estado dos semanas con los abuelos y otras dos en un campamento urbano del que la única referencia que tengo fue el comentario de la coordinadora el día de la reunión “aquí os los entretenemos hasta que vengáis a buscarlos”. Ósea, que están salvajes. Exactamente a las 10:25 A.m. tengo la oportunidad de comprobar el nivel de salvajismo al que me enfrento esta semana. Han roto en tres partes la red de recoger hojas de la piscina (una vara de aluminio de 3cm. de diámetro) y con ella han fabricado un escudo protector Jedi y dos espadas láser. Empezamos fuerte.

 

Día 2.- Como son sólo las nueve y media y ya les he tenido que castigar cuatro veces por agredirse mutuamente con objetos de diversa contundencia, decido desafiar a la autoridad competente (conocida por aquí como policía municipal) y soltar a las fieras en un parque a riesgo de que me empapelen por disturbios en la vía pública y/o asociación ilícita para delinquir. Optamos por coger las bicicletas, dado que su característica principal es que son para el verano, y a la primera de cambio el Rubio enfila una cuesta con su bici sin pedales, y, piernas en alto y al grito de “ yupiiii”, termina con la mitad de la piel de una rodilla impresa en el asfalto. Los gritos desgarradores y la visión de la sangre acaban por convencer al Mayor de que “si me tiro por esta cuesta voy a morir” y ante su negativa de bajar en la bici o bajar andando y empujando la bici tengo que bajar yo empujando la bici con el niño montado en ella.
 
 Afortunadamente al final de la cuesta hay un parque, situado muy hábilmente por el concejal de turno bajo unas torres con sus cables de alta tensión. Los columpios son de estos modernos de plástico o resina o algún material que se carga fácilmente de electricidad estática, y cada vez que recoges al niño que baja por el tobogán recibes un chispazo, que no digo yo que no sería bastante útil si estuvieras en parada cardio-respiratoria, pero que no es el caso. Después de pasar el rato en los columpios y una vez acumulada en mi cuerpo electricidad suficiente como para abastecer la ciudad de Segovia durante tres días con sus noches, hay que coger la cuesta de nuevo para volver a casa, pero esta vez en dirección ascendente. Los aborígenes se amotinan y se niegan a subir la cuesta pedaleando, lo que me obliga a subir la cuesta a pie y empujando con cada brazo una bicicleta con su niño correspondiente montado encima y sin dar una mísera pedalada para ayudar. Voy a ser la interna con el pecho y los glúteos mas turgentes del manicomio.   
No estoy muerta-stop-estoy de vacaciones-stop-y soy muy vaga-stop-el lunes me reincorporo-stop-y tengo material para contar-stop-las puñeteras vacaciones casi acaban conmigo-stop.

El guerrero Ninja se encuentra exhausto. Ha superado las pruebas más crueles, el tormento físico, la paranoia, la impotencia; pero aún ha de atravesar dos puertas para alcanzar la iluminación.

 

Cuarta puerta: Ansiedad. Pero no la del bolero, la chunga, la del trastorno. La que se produce tras cuatro largas e ininterrumpidas horas escuchando la palabra “mamá” agujerearte el cerebro con la técnica de la gota malaya. Mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, hasta rozar la psicosis; hasta el día que tocas fondo, vas a un parque con los niños y te parece que cualquier “mamá” va dirigido a ti. Y te encuentras a ti misma sacando una pala de la boca a una niña desconocida, empujando a otro en un columpio, ayudando a uno a bajar del tobogán y cantando soy una taza con una bolsa del Carrefour en la cabeza. Y el resto de las madres desconocidas, incluyendo aquella que en un primer momento se refirió a ti como “la nanny” o “la filipina”, haciendo cola para quedar contigo el próximo día que bajes.

 

La ansiedad no tiene horario, no descansa. Esta, que aquí escribe, contó la noche anterior como la quinta seguida en la que no consigue pegar tres horas seguidas el ojo. Por efectos del calor, los nervios de las vacaciones, la falta de rutinas o los puñeteros gormitis de las pelotas (los hay de agua, aire, bosque, tierra, volcán y laspelotas, y todos son absurdos y violentos a partes iguales) los niños no duermen bien, y esto supone que la menda, que a la sazón se levanta a las cinco de la mañana, tenga que pasar la noche brincando de su cama al dormitorio infantil cada vez que alguien quiere agua, tiene calor, frío, pis o ganas de tocar las narices. ¿Que por que no va el Samurai, decís algunas con airada expresión y brazos en jarras? Si que va, pero va si yo le despierto, porque el por si mismo no lo oye. Carece de respuesta a llamadas nocturnas igual que carece de capacidad para encontrar los calzoncillos. Y claro, aunque vaya el, yo ya me he despertado igual. Necesito dormir una noche sin interrupciones o empezaré a hacerle caso a la vocecita de dentro de mi cabeza que me pide que os queme a todos.

 

Quinta puerta: Ñonería. Que así dicho, y después de tanta intriga, pensaréis, pues vaya mierda de puerta. Ya, claro. Yo puedo soportar, entender y calmar con maternal amor, los llantos auténticos, los de alguno que se ha dejado los dientes en el suelo o se ha pillado los dedos con la puerta ignorando mis dotes premonitorias ( te vas a caeeeeer, te vas a pillaaaar ). Lo que no puedo soportar es esa especie de gruñido gutural del que echan mano cada vez que el universo no se mueve según sus apetencias: -mñaaaaa, no quiero esa camiseta, quiero la de Spiderman- mnñeeeeee no todos mis macarrones tienen exactamente la misma cantidad de tomate por encima – mnñiiiiiii mi hermano tiene medio centilitro de zumo más que yoooooo. Y así, ad infinitum y más allá.

 

¿Soluciones? no muchas, el tema del azote en el culo no lo acabo de ver claro, y me han dicho que los campamentos de trabajos forzados en Siberia ya no son lo que eran; esperar, supongo, cuando se hagan mayores se les pasará la ñoñería, aunque perderán esos hoyuelitos que tienen en las manos transformándose en nudillos, una pena. De todas formas hay gente adulta por ahí paseando sus nudillos y toda la ñoñería intacta; así que crecer no es garantía de nada. Como me pase eso con mis hijos la opción de Siberia se convierte en la única aceptable, voy a ir reservando el billete, pero no para ellos, para mí.

 

 

Y al fin, joven guerrera Ninja, tras haber superado las cinco puertas del infierno se abre ante ti la última puerta, la que conduce a la iluminación. El momento en el que tu mente se vacía, en el que abandonas los deseos y las necesidades terrenales; el anisado momento en el que tus padres se llevan a los niños una semana a la playa. Has alcanzado el Zen.